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Los primeros veraneos en Mar del Plata

Hacia fines del siglo XIX, Mar del Plata comenzó a imponerse como el lugar de descanso veraniego para las clases pudientes. Faltaban varias décadas para que los sectores asalariados accedieran a “La ciudad feliz".



Las vacaciones a orillas del mar fueron una invención inglesa del siglo XVIII. La moda originada en las playas de Bath y Brighton se extendió por Europa a otros balnearios, como Trouville, Deauville, Biarritz y San Sebastián.1 La llegada de esta costumbre a nuestro país tuvo lugar recién hacia fines del siglo XIX. Hasta entonces los porteños tomaban sus baños veraniegos en las costas del Río de la Plata.

Todavía los baños de mar no despertaban gran interés entre los veraneantes y la relación con las olas era más bien contemplativa.

Mar del Plata, que había sido fundada por Patricio Peralta Ramos en 1874, comenzó a imponerse como el lugar preferido para un buen descanso veraniego para las clases más pudientes. La llegada del ferrocarril a la ciudad atlántica el 26 de septiembre de 1886, el impulso que le dio Pedro Luro y la inauguración del lujoso Bristol Hotel, dos años más tarde, la catapultarán como sitio dilecto de veraneo de la clase alta argentina.

El éxito del hotel fue inmediato y pronto comenzaron las ampliaciones para poder alojar a la creciente cantidad de flamantes turistas. Inicialmente, los visitantes se entretenían en juegos de azar, como el casino, inaugurado en 1889, y las carreras de caballo. También practicaban golf y se efectuaba el tiro de la paloma.

Todavía los baños de mar no despertaban gran interés entre los veraneantes y la relación con las olas era más bien contemplativa.

En 1888 se redactó un estricto código de baño que establecía lo siguiente: Artículo 1º: Es prohibido bañarse desnudo.

Artículo 2º: El traje de baño admitido por este reglamento es todo aquel que cubra el cuerpo desde el cuello hasta las rodillas.

Artículo 3º: En las tres playas conocidas por el Puerto, de la Iglesia y de la Gruta no podrán bañarse los hombres mezclados con las señoras a no ser que tuvieran familia y lo hicieran acompañando a ella.

Artículo 4º: Es prohibido a los hombres solos aproximarse durante el baño a las señoras que estuvieran en él, debiendo mantenerse a una distancia de 30 metros.

Artículo 5º: Se prohíbe a las horas del baño el uso de anteojos de teatro u otro instrumento de larga vista, así como situarse en la orilla cuando se bañan señoras.

Artículo 6º: Es prohibido bañar animales en las playas destinadas para el baño de familias.

Artículo 7º: Es igualmente prohibido el uso de palabras o acciones deshonestas o contrarias al decoro.

En un artículo publicado por el diario El Censor el 4 de febrero de 1889 se decía sobre el ambiente selecto del elegante Bristol Hotel: “Habitaciones para trescientas personas ampliamente alojadas, salones de baile y de concierto, salas de juego; un servicio inmejorable hecho por mozos de frac, correctos, irreprochables, vajilla y cristalería traída de Londres, una cocina excelente; en una palabra, todas las exigencias de la alta vida satisfechas.”

Más de dos décadas después, el periodista y escritor francés Jules Huret, corresponsal del diario Le Figaro de París, describirá con las preocupaciones de la elite de entonces: “Nadie va a Mar del Plata para disfrutar del mar, para admirar los cambiantes juegos de las olas sobre las rocas, la magia de los crepúsculos o de los claros de luna, porque todo el día, con una sinceridad que desarma, las gentes vuelven la espalda al océano, y no tienen ojos más que para los paseantes. Se va a Mar del Plata a lucirse, a lucir su fortuna, a divertir a las muchachas, y a armar las primeras intrigas que se resolverán en los noviazgos de invierno”.

Faltaban varias décadas para que los sectores asalariados accedieran a la que comenzaría a llamarse “La ciudad feliz”.

Fuente: clarin.com e imagenesmardelplata.com.ar